La camioneta frenó con un golpe seco y el motor se ahogó, tosiendo con dificultad. El impacto contra la caja de madera le sacudió los riñones y Fermín abrió los ojos. Había pasado las últimas dos horas mirando las tablas, contando las vetas, escuchando cómo el motor luchaba contra las subidas y bajadas de los arrabales de Buenos Aires sin ver nada de la ciudad. A lo lejos, el chirrido de algún tranvía y, de vez en cuando, el perfume azucarado de una fábrica que delataba el camino.
Desde la cabina llegaba la radio del Estado, esa voz grave que hablaba a todo el pueblo en nombre de la justicia y el orden. El traqueteo del motor la rompía en fragmentos:
…la obra social del gobierno…
…los derechos conquistados…
…ningún niño sin amparo…
Interferencia. Y otra vez la voz, firme:
…una patria más justa…
Cada vez que perdía la cuenta de las vetas, un nudo le subía por la garganta y, por un segundo, imaginaba que la próxima parada podía ser peor. A veces, por algún agujero entre las tablas, se colaba un rayo de luz que le cruzaba la cara. Cerraba los ojos.
—¡Bajate, pendejo!
La lona se abrió de un tirón, dejando entrar una luz áspera de tarde.
Parpadeó. El hombre que lo había traído —grandote, bigotes, camisa arremangada con manchas de grasa— estaba de pie en la vereda, cruzado de brazos, golpeando el pie contra la acera. Con las piernas entumecidas, Fermín se incorporó despacio y saltó fuera del vehículo. Tropezó en el borde, pero logró recuperarse. No iba a dar el espectáculo de caerse de culo en la calle.
El hombre se adelantó y golpeó la puerta con el puño cerrado.
La calle era angosta, empedrada, con adoquines desparejos que juntaban agua sucia en los huecos. Casas bajas de una planta, paredes descascaradas, persianas cerradas. En la esquina, un farol a gas esperaba la noche. Ni un árbol. El aire olía a humedad y a baldío, a algo pudriéndose en algún lado. A lo lejos volvió a oírse el tranvía. Silencio.
La puerta era enorme: madera pesada, ventanita cuadrada a la altura de los ojos tapada con una chapa desde adentro. Manijas de hierro en forma de argolla. El marco, hinchado por la humedad.
Sobre la pared, a la derecha, una placa de bronce con verdín: Instituto de Menores Nuestra Señora de los Dolores. Debajo, 1908.
Era otoño de 1954. Perón llevaba ocho años en el poder y el peronismo había abierto hospitales y escuelas para los pibes sin familia. En los diarios, las fotos de Evita —muerta dos años atrás— todavía presidían los actos oficiales. Pero adentro, en lugares como el Instituto de Menores Nuestra Señora de los Dolores, las puertas seguían teniendo candado.
El hombre golpeó de nuevo.
—¡A ver si se mueven, la puta! —masculló, y escupió al costado.
Se volvió hacia Fermín.
—¿Ves esa puerta? Adentro hay unos cuantos como vos. Pero vos sos distinto. ¿Sabés por qué?
Fermín no respondió. Algo se le movió adentro. El juzgado volvió solo.
Ese olor a madera encerada y a tinta fresca. Él parado frente al escritorio del juez López, manos atrás, mientras los adultos hablaban por encima de su cabeza. No hacía falta entender cada palabra: el sentido era claro. Decidían cosas sobre su vida sin mirarlo, como si fuera un mueble más en la sala.
El juez asentía distraído, revisando papeles. Sobre el escritorio, a un costado, descansaba el reloj: dorado, pesado, dejado ahí como si nadie fuera a tocarlo.
Fermín lo vio y no pudo dejar de mirarlo. No era el oro ni lo que valía. Era otra cosa.
El secretario dijo algo. El juez sonrió. Fermín sintió que algo se cerraba. No fue un impulso ni un arrebato. Fue una decisión.
Estiró la mano con una calma que ni él mismo entendía, tomó el reloj y lo sostuvo un segundo, sintiendo el peso frío del metal en la palma. Nadie reaccionó al principio.
Silencio. Y una voz.
—¿Qué hiciste, pendejo?
Pero ya lo estaba guardando.
Cuando levantó la cabeza, el juez López finalmente lo miraba. Directo. Por primera vez.
El olor a tabaco y a transpiración lo trajo de vuelta. El hombre había dado un paso más cerca.
—Porque a vos te conocen. Al juez López le robaste el reloj en plena audiencia. Te tiene una bronca... Así que adentro no te van a tener mucha paciencia. Ya saben quién sos. Más te vale portarte bien, si es que podés.
Fermín no dijo nada. Sostuvo la mirada. El hombre chasqueó la lengua y se dio vuelta justo cuando la puerta se abría con un ruido de hierro viejo.
El que abrió era un hombre de unos sesenta años. Saco marrón gastado en los codos, camisa blanca amarillenta, anteojos de marco fino que agrandaban sus ojos cansados. El pelo gris peinado hacia atrás. Una expresión de fastidio permanente. Alguien que llevaba años haciendo exactamente lo mismo.
—Ya era hora —dijo, sin saludar.
Detrás de él apareció el patio: un rectángulo de lajas irregulares, yuyos creciendo entre las juntas. Galería sostenida por columnas de hierro fundido con pintura verde descascarada. Bajo el techo de chapa acanalada, bancos de madera largos y gastados. En el centro, una canilla con un piletón de cemento marcado por golpes.
Ventanas con rejas. Algunas cerradas con postigos, otras entreabiertas. En sogas flojas colgaban camisetas rotas y sábanas grises. Al fondo, otro pabellón más chico con puerta de chapa y un candado grande como un puño.
Al cruzar el umbral, el olor golpeó: humedad, comida recalentada, jabón barato y orina. Fermín contuvo la respiración.
—Director Gutiérrez —dijo el hombre del saco, mirando al guardia—. Pasá. No te quedes ahí como un estorbo.
Las zapatillas —rotas en la punta, atadas con un nudo porque no tenían cordones— pisaron las primeras lajas. El frío de la piedra atravesó la suela.
A un costado, el guardia hablaba en voz baja con el director.
—…viene con antecedentes —decía mientras entregaba un sobre marrón—. El juez López pidió que lo tengan cortito. Tuvo problemas en otro lado.
—¿Qué tipo de problemas?
—Le dicen "el del reloj del juez". Robos chicos, algún golpe en la calle. Pero lo que pesa es eso: robó el reloj del juez en la cara de todos y no se calló. Responde, se planta. Ya le dieron duro en otros lados y no aprendió.
—Sí, sí —cortó Gutiérrez—. Dejá nomás.
El guardia se fue sin mirar a Fermín. La puerta sonó y el candado rechinó al cerrarse. El ruido le vibró en la nuca.
No se dio vuelta. Gutiérrez se acercó con el sobre en la mano.
—Vení.
Cruzaron el patio. Llegaron las miradas.
Dos pibes apoyados contra una columna lo midieron de arriba abajo. El más grande tendría su edad, quizá un año más. El otro, más chico, flaco, cara afilada. No dijeron nada, pero el mayor inclinó apenas la cabeza cuando Fermín pasó. El flaco dejó que su mirada se detuviera un segundo de más.
Más allá, contra la pared del fondo, un chico estaba sentado solo en un banco. Parecía más chico de lo que era, quizá por lo flaco, por lo rubiecito, por cómo se encogía sobre sí mismo. Doce años, calculó Fermín, aunque parecía menos. Miraba el piso. Cuando Fermín pasó cerca, levantó la vista apenas un segundo y la volvió a bajar, como un pájaro que mira y se esconde. Fermín siguió caminando, pero algo en esa mirada se le quedó grabado.
El resto de la historia te espera en las páginas de El patio interior.