Creo que llegó la hora de sentarme delante de la hoja en blanco para escribir todo esto que pasó.
Tardé mucho en decidirme. Demasiado, quizás. Pero hay historias que no te piden permiso para quedarse. Que se instalan dentro tuyo sin avisarte y ahí permanecen, silenciosas, esperando el momento en que finalmente te animés a contarlas. Esta es una de esas historias.
Pensé y reflexioné durante mucho tiempo. Me pregunté si era necesario hacerlo, si valía la pena remover todo lo que con los años había aprendido a acomodar en algún rincón del alma. Si el mundo necesitaba saber lo que yo sabía. Si él hubiera querido que lo contara.
No encontré una respuesta definitiva. Pero encontré algo más importante: la certeza de que si no lo hacía yo, nadie más lo haría. Y eso no me lo podía perdonar.
Hoy ya es tarde para volver atrás. Muy tarde. Pero hay cosas que uno las siente de una manera particular, que las siente en el corazón antes que en la cabeza. Hay personas que un día aparecen en nuestra vida sin anunciarse, sin pedir permiso, y simplemente se instalan cómodamente dentro nuestro y ahí quedan. Para siempre. A esas personas las llamamos amigos.
Así llegó Felipe.
No voy a anticipar lo que vas a leer en estas páginas. No hace falta. Solo te digo que esta historia ocurrió de verdad, en un tiempo y en un lugar concretos, y que las personas que aparecen en ella existieron, o existen todavía. Que hubo señales que no supe leer a tiempo. Que hubo palabras que llegaron demasiado tarde. Que hubo un abrazo que prometí y nunca pude dar.
Y que hay un ícono rojo en mi pantalla que nunca tuve el valor de eliminar.
No sé cómo saldrá esto. Nunca escribí nada. Pero existe algo dentro mío que me incita a hacerlo, que me dice que esta historia merece ser contada. Tu historia, Felipe. Nuestra historia.
Para vos. Y para todos los que, sin saberlo, se van a reconocer en ella.
Seguí leyendo en las páginas de Felipe. Una historia real.