Todos conocemos a Romeo y Julieta.
Conocemos el balcón, el veneno, la cripta. Conocemos el final antes de que empiece el principio, y sin embargo seguimos leyendo —porque hay algo en esa historia que no envejece, algo que el tiempo no logra volver predecible aunque uno sepa de memoria adónde va. Quizás porque no es una historia sobre la muerte, sino una historia sobre lo que el mundo hace con los amores que no sabe cómo sostener.
Verona tenía sus reglas. Buenos Aires también. Toda ciudad las tiene.
Esta historia transcurre en San Isidro, en Olivos, a orillas de un río ancho y marrón que no pregunta nada. Los apellidos no son Montesco ni Capuleto. No hay balcón ni dagas. Hay un velero. Hay una diferencia de edad que el mundo decidió que sí importaba. Hay dos personas que se encuentran sin buscarse y que, durante un tiempo, fueron más verdaderas juntas que separadas.
Nadie elige a quién amar.
Lo que sigue no es una tragedia de época. Es una historia de ahora. De acá. Del tipo de guerra silenciosa que no se libra con espadas, sino con miradas en el estacionamiento del colegio, con puertas que se cierran antes de empezar, con el peso específico de las cosas que el mundo no nombra, pero aplasta igual.
Lo que viene a continuación es su historia. Un amor que el mundo no supo sostener.
Sabés cómo termina Romeo y Julieta.
Esta historia todavía no.
El resto de la historia te espera en las páginas de Contra el mundo.